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Pronto todos discapacitados, todos capacitados

Fernando Berlín, director de RadioCable.com

Fernando Berlin

«Cuando alguien desarrolla una actividad profesional a través de la red, los viejos prejuicios se ven sepultados por otras características del individuo.»

Nunca supe muy bien el significado de discapacidad pues en realidad, como afirma Pedro Fusté, todos somos discapacitados en algo. Y creedme, si tuviera que enumerar mi agenda de discapacidades no terminaría.

La sociedad nos enseña a aceptar esas diferencias y a potenciar en cada uno aquellos ámbitos en los que podemos desenvolvernos. Se nos dice que unos van a ser buenos abogados, otros matemáticos, otros políticos, otros artistas y otros administrativos. Un matemático no sería capaz de concebir una legislación ni un abogado de realizar cálculos de física cuántica, y a todos nos parece normal.

El sistema se esfuerza por dar cobertura a esas diferencias y se diluyen como tales: existen universidades especiales, centros de estudio, diferentes puestos de trabajo, etc. ¿Por qué entonces las otras discapacidades siguen pareciendo un ámbito estanco dentro de nuestra realidad plural?

No sé muy bien cuál es mi convivencia con la otra discapacidad pues, insisto, es como si alguien me preguntara ¿con cuanta gente con ojos marrones convives? La verdad es que intuyo que con mucha, pero nunca me he fijado en estos detalles. Uno quiere a los demás por su cariño, por sus afinidades, porque admira su perfil profesional o su capacidad de lucha, su valor o simpatía, pero no segmenta la sociedad por el color de sus ojos.

Voy a hacer una excepción aquí, y me voy a detener en ese rasgo, porque así me lo ha pedido el director de la revista. De entrada, el ser humano convive con la discapacidad alguna vez en la vida, aunque de forma transitoria –lo dice uno que ha sufrido en diversas ocasiones la rotura de varios huesos, que me dejó en cama meses y que, como todos los demás, ha tenido familiares y amigos que se han enfrentado a prolongadas enfermedades–. Y en ese momento, descubre lo mal diseñada que está la sociedad para facilitar esa pluralidad. Es la primera asignatura pendiente de una sociedad avanzada: destruir las barreras arquitectónicas y sociales, dinamitarlas para siempre. Es por los demás, sí, pero también por nosotros mismos.

En algunos ámbitos trabajo con personas cuya actividad se basa en eso y, además, conviven siempre con sus consecuencias. De hecho algunos de los mejores profesionales a los que conozco y a los que admiro se desenvuelven con naturalidad acompañados de alguna discapacidad. Pedro Fusté –o el recientemente fallecido José Luis Fdez. Iglesias– son algunos de ellos y no los únicos. Gorka Landáburu, con quien coincido a menudo en 59 segundos, es otro profesional del periodismo con un alto grado de excelencia y exigencia en materia de derechos sociales. Igual que Eduardo Madina, en otro ámbito, y otras personas no tan conocidas para el público. Ellos hacen su trabajo periodístico o político sin que la discapacidad haya supuesto un freno al desarrollo de su carrera, pero todos sabemos que no es igual de sencillo en todas las profesiones. Segunda asignatura pendiente.

Pero yo vengo de un mundo en el que, por fortuna, estos compartimentos estancos han desaparecido completamente: el mundo de internet. Cuando alguien envía un email, realiza una gestión a distancia, se comunica con facebook o twitter; cuando alguien desarrolla una actividad profesional a través de la red, la actividad que sea, los viejos prejuicios se ven sepultados por otras características del individuo: su empatía, su capacidad de gestión, su locuacidad, su optimismo se convierten en valores capitales. El mundo de internet ha derrumbado muchas barreras y eso tiene un formidable impacto en el teletrabajo y por tanto en el mundo laboral.

La sociedad de Internet es la más parecida a la sociedad del futuro y nos sirve hoy para hacernos un retrato de cómo será su configuración mañana. Yo vivo ansioso por ver cómo sucede esto, esperando el día en que hablemos de la discapacidad no como una barrera, sino como una simple anécdota natural, de la misma forma que nos referimos al color de los ojos.

 

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